Alzamos la vista al frente cuando ya es tarde, y nos reunimos con las cenizas restantes de aquello que no pudimos salvar. Volamos alto, muy alto, y todo homenaje será poco; mas la soledad quedará en el olvido y abrazaremos la tranquilidad de la existencia inexistente.
Soy lo que soy. Disculpen si mis palabras no juegan con ustedes en un baile de verano. Tampoco es que quieran hacerlo, todo sea ya dicho. No puedo vivir para siempre, pero ellas sí podrán. No bailarán, pero sí resonarán en sus oídos... o, en última instancia, rozarán sus dedos en hojas desgastadas de papel.
domingo, 1 de mayo de 2011
~5
Querer, tratar, sucumbir...
Alzamos la vista al frente cuando ya es tarde, y nos reunimos con las cenizas restantes de aquello que no pudimos salvar. Volamos alto, muy alto, y todo homenaje será poco; mas la soledad quedará en el olvido y abrazaremos la tranquilidad de la existencia inexistente.
Alzamos la vista al frente cuando ya es tarde, y nos reunimos con las cenizas restantes de aquello que no pudimos salvar. Volamos alto, muy alto, y todo homenaje será poco; mas la soledad quedará en el olvido y abrazaremos la tranquilidad de la existencia inexistente.
miércoles, 16 de marzo de 2011
Todo importa.
¿Qué importa si cae una lágrima o si el cielo comienza a llorar?
Importa si es el símbolo del dolor de un corazón.
¿Qué más da si las sonrisas no son más que fantasías?
No te dará igual dependiendo de quién vengan.
¿Qué importa si los sueños no se cumplen jamás?
Al menos vivirás con la certeza de que en tu mente sí existen.
Importa si es el símbolo del dolor de un corazón.
¿Qué más da si las sonrisas no son más que fantasías?
No te dará igual dependiendo de quién vengan.
¿Qué importa si los sueños no se cumplen jamás?
Al menos vivirás con la certeza de que en tu mente sí existen.
martes, 3 de agosto de 2010
Al son de un silencioso adiós.
La reciente herida sucumbió por fin al hilo de la roja esencia, que se extendía sobre el mugriento y sucio fondo dando un toque de no-destacado color en medio de las tinieblas. La mano pálida, casi etérea, se movía lentamente, como el susurro de la brisa nocturna que la acompañaba en un silencioso tormento.
Quiso dejar de bailar, y la oscuridad la rodeó. Los sombríos ropajes se ciñeron como cadenas en torno a la débil carne haciéndola pesada. Se rindió frente al poder mayor y cayó un poco despacio, luego bruscamente, hasta que los pétalos de rosa roja la bañaron en todo su escaso esplendor, ensuciándole los despintados labios.
Un débil grito de abandono rasgó el aire.
La muerte llega presto.
Quiso dejar de bailar, y la oscuridad la rodeó. Los sombríos ropajes se ciñeron como cadenas en torno a la débil carne haciéndola pesada. Se rindió frente al poder mayor y cayó un poco despacio, luego bruscamente, hasta que los pétalos de rosa roja la bañaron en todo su escaso esplendor, ensuciándole los despintados labios.
Un débil grito de abandono rasgó el aire.
La muerte llega presto.
martes, 13 de julio de 2010
Amelia.

Lo último que escuchó Amelia fue cómo él reía complacido ante sus palabras y se levantaba, mirándola por encima del hombro con, quizá, algo semejante a la compasión. Pero no podría confirmarlo. Claro que no.
Odió cada uno de sus gestos mientras lo observaba desde el lugar en que reposaba. Detestaba, sobre todo, su cara de niño bueno, las falsas primeras sonrisas y la elegancia de su porte. Y era sólo uno de ellos, un detestable hombre de treinta y ocho años que, al principio, la hacía sentir segura. Pero ya no.
Quiso escupir, pero no tuvo ni el valor ni la fuerza que hubiera requerido para enfrentarse a otra de sus irónicas carcajadas finales… y prefería evitar el dolor físico que en esos momentos le recordaba el mal rato transcurrido.
Las lágrimas se escaparon de sus ojos en cuanto él hubo atravesado y cerrado la puerta a sus espaldas. Ella se aferró a la almohada y, colocándose en posición fetal sobre la cama, gimió angustiada suplicándole a Dios que la ayudara a ser fuerte en aquel desgraciado mundo de necesidad.
Siempre había sabido que aquello no estaba bien. Ahora se sentía sucia, vacía y asqueada al darse cuenta de que, pese al dolor, lo había disfrutado. Había traicionando con su subconsciente las creencias que se le habían impuesto desde niña. Se sentía culpable.
Unos cuantos billetes descansaban sobre las sábanas de seda roja. El color, pensó ella por un momento en medio de la nebulosa de autocompasión, era idóneo para hacer que la sangre fuese imperceptible. Se burló de sí misma y de su estúpida inocencia por dejarse llevar con tanta facilidad por palabras hermosas y falsas promesas. No existía el amor, no en aquel mundo.
Y ella sólo era un juguete más de la colección.
Se había convertido en una puta, y esto sólo había sido el principio.
miércoles, 23 de junio de 2010
Todo era perfecto.
Estaba acostumbrada a escucharlo cada día, a tenerlo a mi lado, a tocarlo y sentirlo mío. Era, por decirlo de alguna forma, una extensión de mi cuerpo y de mis manos. Me sentía tranquila a su lado, acariciándolo, sonriendo y entonando brillantes melodías cargadas de maravillosas sorpresas. Cada vez que lo rozaba emitía sonidos placenteros que me obligaban, literalmente, a sentirme satisfecha. Era feliz, muy feliz, porque todo iba bien. Ambos estábamos bien y los resultados visibles eran perfectos. Formábamos el equipo ideal y la pasión no se acababa jamás.
Y entonces, lo perdí. Fue un día cualquiera, como hoy, cuando se escapó de entre mis manos. La ventana estaba cerca, y el niño de apenas cinco años disfrutaba jugueteando con los sonidos que surgían. Y entonces, todo fue rápido. Vio a una niña en el edificio de enfrente, quiso enseñarle su preciado tesoro y éste se escabulló libre desde el quinto piso con afán de volar.
Murió. Mi violín, murió. Y mi corazón se rompió con él cuando impactó bruscamente contra el suelo, quedando inservible y destrozado. Supe entonces que mi mejor amigo, aquél que desde la adolescencia me había acompañado tiernamente, había desaparecido.
Y entonces, lo perdí. Fue un día cualquiera, como hoy, cuando se escapó de entre mis manos. La ventana estaba cerca, y el niño de apenas cinco años disfrutaba jugueteando con los sonidos que surgían. Y entonces, todo fue rápido. Vio a una niña en el edificio de enfrente, quiso enseñarle su preciado tesoro y éste se escabulló libre desde el quinto piso con afán de volar.
Murió. Mi violín, murió. Y mi corazón se rompió con él cuando impactó bruscamente contra el suelo, quedando inservible y destrozado. Supe entonces que mi mejor amigo, aquél que desde la adolescencia me había acompañado tiernamente, había desaparecido.
jueves, 10 de junio de 2010
Perdemos.
Podría decirte, como en tantas ocasiones, que los relatos vacíos no nos cuentan nada; que una lágrima llorada se pierde para siempre; que una sonrisa se desvanece antes o después. Pero todo eso, por supuesto, ya lo sabes. Lo aceptas.
Y volvemos entonces al principio, donde el maravilloso imperio se desmoronará piedra a piedra cayendo en las aguas de un turbio río hasta desaparecer. Tal vez en un futuro lejano consigan encontrar algo de esto que perdemos, o quizá no. Sólo sé que yo, tú, él, todos perdimos algo difícil de recuperar.
No sé cuándo, ni cómo ni por qué, pero eso que siempre estuvo ahí se desvanece. A cada segundo —uno, dos, tres...— la oscuridad nos engulle y hace que nos confiramos a un mundo alterno a la realidad donde todo son figuras de colores.
¿Me he vuelto ya loco, o sólo es mi imaginación?
Ah, sí, lo que decía. Tú, él, yo. Nosotros. Todos dejamos escapar el águila que se escondía en nuestro interior. Y voló libre, como el pájaro que es. Nadie la encerró en una jaula, ni la ató con cadenas, ni le arrancó las plumas, ni le rompió las alas. Simplemente la dejaron volar.
El huracán de la tarde chocó contra ella y la hizo caer a tierra.
Entonces, vuelta a empezar. Se construyó un nuevo imperio. Cayeron sus murallas.
Volvemos al principio. Un principio que también tendrá —o es— final. Todo lo que empieza tiene que acabar, y lo que concluye... lo perdimos.
Me di cuenta entonces de que tú, yo, él, nosotros, perdimos algo importante. Algo que empezó, pero que también terminó; que volverá a comenzar para volver a concluir.
No me cuentes relatos vacíos, porque no tienen sentido. No llores, porque no debemos sentirlo. No rías, porque la sonrisa se disipará.
Vacío.
¿Dónde fue? ¿Voló libre?
Y volvemos entonces al principio, donde el maravilloso imperio se desmoronará piedra a piedra cayendo en las aguas de un turbio río hasta desaparecer. Tal vez en un futuro lejano consigan encontrar algo de esto que perdemos, o quizá no. Sólo sé que yo, tú, él, todos perdimos algo difícil de recuperar.
No sé cuándo, ni cómo ni por qué, pero eso que siempre estuvo ahí se desvanece. A cada segundo —uno, dos, tres...— la oscuridad nos engulle y hace que nos confiramos a un mundo alterno a la realidad donde todo son figuras de colores.
¿Me he vuelto ya loco, o sólo es mi imaginación?
Ah, sí, lo que decía. Tú, él, yo. Nosotros. Todos dejamos escapar el águila que se escondía en nuestro interior. Y voló libre, como el pájaro que es. Nadie la encerró en una jaula, ni la ató con cadenas, ni le arrancó las plumas, ni le rompió las alas. Simplemente la dejaron volar.
El huracán de la tarde chocó contra ella y la hizo caer a tierra.
Entonces, vuelta a empezar. Se construyó un nuevo imperio. Cayeron sus murallas.
Volvemos al principio. Un principio que también tendrá —o es— final. Todo lo que empieza tiene que acabar, y lo que concluye... lo perdimos.
Me di cuenta entonces de que tú, yo, él, nosotros, perdimos algo importante. Algo que empezó, pero que también terminó; que volverá a comenzar para volver a concluir.
No me cuentes relatos vacíos, porque no tienen sentido. No llores, porque no debemos sentirlo. No rías, porque la sonrisa se disipará.
Vacío.
¿Dónde fue? ¿Voló libre?
sábado, 8 de mayo de 2010
~4

Suelen comentar que de sueños no se vive, pero siempre nos queda ser conscientes de que estos nos ayudan a subsistir. ¿O habrá alguien, por viejo, joven, sabio o ignorante que sea, que no haya jamás anhelado algo? Incluso los deseos más ocultos, esos misterios que se esconden en lo más hondo de nuestro corazón por miedo a salir, abren de vez en cuando la puerta que dará paso a la luz. Y si ésta entra, ellos salen; porque la luz los guía, les muestra un mundo diferente, un lugar donde todo puede hacerse realidad si luchamos por lo que más queremos.
Desde niños, los demás se ocupan de introducirnos en una realidad que, poco a poco, irá vendando nuestros anhelos de la misma forma en que cierran la puerta del corazón con dos vueltas de llave —asignemos aquí el crecer, donde el volverse adulto implica abandonar las “absurdas” ideas y esperanzas infantiles—. Si no somos conscientes de ello, perderemos nuestros sueños; y no hay nada más triste que una persona frustrada por su propia incapacidad de luchar.
Alguien me dijo una vez que combatir por lo que se desea no es malo. Es decir, nuestra lucha por cumplir nuestros sueños es como una guerra, pero una donde no es necesario derramar sangre sino pelear con la racionalidad, con el ingenio, con el corazón. Porque siempre que sea posible, yo, al menos, quiero vivir mi sueño. ¿Tú no?
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