domingo, 7 de agosto de 2011

¿Somos lo que escribimos?


Ser o no ser es, ésa es la cuestión. Preguntémonos, entonces, qué somos. Como seres humanos, tenemos una serie de necesidades, preferencias, ansias; buscamos la felicidad para sentirnos bien con nosotros mismos y, sin duda, ésta se manifiesta de diferentes maneras dependiendo de cada persona. La diversidad es, por tanto, una riqueza; si todos fuésemos iguales, caeríamos en la monotonía del aburrimiento.

En nuestro caso, queridos lectores, la pregunta que nos realizamos no es qué somos, sino algo todavía más complejo a la hora de analizar dicha cuestión: ¿somos lo que escribimos? Si de algo podemos estar seguros es de nuestra existencia, como bien expresó en su momento el conocido francés Descartes; si existimos, pues, vivimos y, dado esto, pasamos por una serie de etapas. Crecemos, evolucionamos, maduramos. Y este ciclo interminable, que se repite una y otra vez en el mundo, conlleva una serie de emociones, sentimientos y pensamientos.

Cuando escribimos es inevitable que, al menos inconscientemente, dejemos en nuestras historias una marca de nuestras propias experiencias vitales. Tal vez no nos limitemos a hacer una biografía, pues esto conllevaría la exposición de nuestra vida tal cual la hemos concebido, pero sí recurrimos a la creación de personajes que, obligatoriamente, requieren de una personalidad que nosotros moldeamos a nuestro gusto. Estos personajes, a su vez, sienten, viven, crecen, evolucionan, maduran y mueren a lo largo de la historia. Y se llevan consigo una parte de nosotros porque, queramos o no, nuestros sentimientos se reflejan a través de las vivencias y de las emociones de aquellos seres a los que les damos vida.

La pregunta en cuestión, reiteremos, sería: ¿somos lo que escribimos? En mi caso, respondería a ella con otra pregunta: ¿cómo no serlo si, al escribir, plasmamos nuestros propios sentimientos a través de alguien ajeno?