viernes, 21 de diciembre de 2012

Tece, tece.

Fun tecendo fíos.
Tece. Tece.
Enrolando historias.

O paso dos días deixounos na vida novas redes que se expanden. Será que o esperamos, ou quizais non, pero sempre nos deitaremos sabendo algo novo de nós, do que nos gusta, dos demais. Temos no noso camiño artes por coñecer, vidas por descubrir, soños que crear e historias que amosar, e sen darnos por vencidos podemos afrontar o día a día con todo aquilo que nos fai ser o que somos. Porque somos nós e os que nos rodean, aqueles que nos queren, os que nos axudamos a tecer esa rede diaria de momentos dos que nos alimentamos para vivir.

lunes, 16 de abril de 2012

Encuentro furtivo.

Cómo bailan mis labios con los tuyos,

la noche en nuestras bocas se deshace…

No hay temor en nuestro furtivo encuentro

pues cuando el cuerpo ardoroso yace

está preso de pasiones escondidas.


En el silencio envolvente las almas,

supeditadas al amor incontrolable,

por los tenues roces del viento

pierden la cordura intachable

y se transforman en anhelo.


Sienten agudezas envidiables:

la sangre desbocada en los labios,

el ansia atrapada en la cárcel corporal,

la mente aguda perdida en sabios

consejos nocturnos de lujuria.


Mas cuando el sol llama sutilmente,

iluminando los capullos en flor,

hielo, frío, abandono y soledad

quedan del implacable ardor

en el fútil lecho pasional.


Sandra L.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Imagen mental.

Imaginarios. Estaba cansada de todos esos amigos “inventados” que él tenía. Eran como juguetes que estaban y no estaban, y sí y no, y la volvían loca porque ella no los veía y quería verlos. Pero entonces todo cambiaba y ya no eran sueños de una mente ajena a la suya, no: era él, de carne y hueso, jugando a dibujar la imagen de Dios aun cuando no sabía cómo era. No le gustaba el viejito de barba blanca vestido con toga celestial, no; prefería una noche gélida y cálida, caribeña y polar, y un hombre del color del arco iris jugando a dar vida con hielo y arena; y ella se preguntaba cómo diablos conseguía plasmar al Creador en ambos mundos a la vez.

Todo era cuestión del imaginario. Ella no lo entendía: no inventaba amigos y no pintaba; no era Dios y no creaba al Golem ―y al no tan Golem―.

Y entonces zas. ¡Sorpresa! Porque el imaginario ya no era imaginario, sino imaginaria, y él se quedaba despierto hasta la mañana siguiente sin soñar, sin pensar, sin dibujar, sin nada, mirando sin mirar el cielo oscuro porque le tocaba vigilar. Y silencio, y calla, y no digas nada, y mira que se quieren escapar, y agarra, y no duermas, y despierta, ¡y shhhhh!

Entonces ella cierra el grifo, se calla y abandona el diccionario. Demasiado para una juventud tan poco prolífera.

sábado, 19 de noviembre de 2011

El "nosotros" del hoy, ¿quizás también el del mañana?


En este mundo nosotros somos la raza que camina sobre dos patas traseras. Nosotros somos los inteligentes, los pensantes, los que vamos más allá de una idea y la transformamos dándole diversas formas a nuestro antojo. Nosotros somos los que vemos y los que juzgamos, los que reímos, los que lloramos y los que sentimos. Nos empeñamos en cerrar los ojos, en no ver las realidades, en escapar de ellas, o nos aferramos a aspectos subjetivos que nos parecen irrefutables pero que, sin embargo, no sabemos sostener sin caer en el "porque sí".

Nosotros somos los que tenemos que aprender a ver y a tener los ojos abiertos. ¿Somos tan humanos como queremos hacer creer, o somos el animal más animal de todos los tiempos?

domingo, 7 de agosto de 2011

¿Somos lo que escribimos?


Ser o no ser es, ésa es la cuestión. Preguntémonos, entonces, qué somos. Como seres humanos, tenemos una serie de necesidades, preferencias, ansias; buscamos la felicidad para sentirnos bien con nosotros mismos y, sin duda, ésta se manifiesta de diferentes maneras dependiendo de cada persona. La diversidad es, por tanto, una riqueza; si todos fuésemos iguales, caeríamos en la monotonía del aburrimiento.

En nuestro caso, queridos lectores, la pregunta que nos realizamos no es qué somos, sino algo todavía más complejo a la hora de analizar dicha cuestión: ¿somos lo que escribimos? Si de algo podemos estar seguros es de nuestra existencia, como bien expresó en su momento el conocido francés Descartes; si existimos, pues, vivimos y, dado esto, pasamos por una serie de etapas. Crecemos, evolucionamos, maduramos. Y este ciclo interminable, que se repite una y otra vez en el mundo, conlleva una serie de emociones, sentimientos y pensamientos.

Cuando escribimos es inevitable que, al menos inconscientemente, dejemos en nuestras historias una marca de nuestras propias experiencias vitales. Tal vez no nos limitemos a hacer una biografía, pues esto conllevaría la exposición de nuestra vida tal cual la hemos concebido, pero sí recurrimos a la creación de personajes que, obligatoriamente, requieren de una personalidad que nosotros moldeamos a nuestro gusto. Estos personajes, a su vez, sienten, viven, crecen, evolucionan, maduran y mueren a lo largo de la historia. Y se llevan consigo una parte de nosotros porque, queramos o no, nuestros sentimientos se reflejan a través de las vivencias y de las emociones de aquellos seres a los que les damos vida.

La pregunta en cuestión, reiteremos, sería: ¿somos lo que escribimos? En mi caso, respondería a ella con otra pregunta: ¿cómo no serlo si, al escribir, plasmamos nuestros propios sentimientos a través de alguien ajeno?

sábado, 4 de junio de 2011

El final de un todo.

Todos, inevitablemente, nacemos para morir. Y todos hallaremos la muerte en algún rincón oscuro o luminoso, frívolo o cálido, mohoso o reluciente. Todos. Y tú, por supuesto, también.

Cada vez que sus manos me acarician con sutileza siento que voy a derretirme, pero jamás con ese suntuoso placer de las relaciones sexuales conclusas exitosamente. Lo que yo siento es muy distinto. A pesar de tener la boca abierta, no puedo gritar dignamente; la garganta, seca y dolorida, carece de fuerza para chillar y, no conforme, ahoga los sonidos guturales que pugnan por salir en lugar de los aullidos inaudibles. Mi cuerpo, estático entre sus manos, ni siquiera se retuerce. Un muñeco, eso es. Muchos me designarían con esa denominación superficial porque, quiera o no, no me muevo, no hablo, no grito. Me quedo allí quieto, quieto como un mueble inanimado, como un volcán en llamas que no escupe, como un niño bueno que obedece a sus padres. Me quedo quieto porque no puedo moverme aunque lo quiero. Me quedo quieto porque tengo miedo. Tal vez me empapo mientras lloro, o tal vez son sus propias lágrimas las que me bañan porque no tienen otro lugar en que caer. Siento pavor, un pánico tan intenso que me carcome el alma presa, pero nada puedo hacer por evitarlo. Ella continuará acariciando cada uno de los confines de mi cuerpo endeble, sumiso, porque tiene no sólo el derecho, sino también el poder. Y yo, mientras ella disfruta de mí a su antojo, gimo mudas quejas entre sus manos.

Pero la muerte no es algo de lo que debas temer. Entiéndelo como un fin necesario. Todo lo que empieza tiene que acabar, y la vida no es una excepción. Siéntete orgulloso de haber vivido. “Morir” es simplemente una palabra vertiginosa tachada por los prejuicios humanos; el “fin” es algo mucho más tangible y sin histerismos, sin el vértigo temerario de la muerte, que señala el instante de la vida en que has llegado a tu momento más álgido.

Una a una ella pasa sin inmutarse las páginas de mis sentimientos y, poco a poco, lentamente, me lleva por los derroteros de un angosto desenlace. Sus ojos brillan pasionales bañados por las llamas de la lujuria y del deseo de alcanzar el glorioso final, mientras yo muero entre sus manos, apoyado en sus piernas, sobre el cuerpo cálido de la mujer que me posee. Pero nadie me escucha… ¡yo no quiero esto! Cuanto más nos aproximamos al final, más grande se vuelve mi agonía. Lloro silenciosamente, grito sin hacerme escuchar, me retuerzo sin moverme. Sé que ella lo sabe, sé que ella es consciente de que, si continúa, me llevará a la muerte, al olvido, a la nada. Me llevará al fin que tanto temo y el que tantas veces he querido evitar sin resultados favorables.

Grandes frases se han dicho desde siempre. The end. C’est fini. Se acabó. No hagamos de ellas algo malévolo. Pueden terminarse agonías, historias, miedos… No sólo se acaba la vida.

Es inevitable que ella cambie de opinión y, por tanto, sigue hasta que alcanza su objetivo caricia tras caricia, sonrisa tras sonrisa, palabra tras palabra… Entonces hemos llegado al punto que yo tanto temía. Ella me cierra y desliza sutilmente los dedos sobre mi cubierta. Yo, incluso queriendo gritar, patalear, retorcerme, sigo sin poder ejecutar movimiento alguno o hacer escuchar mi voz. La mujer me deposita en la estantería y se olvida de mí. ¡Ingrata, insolente! ¿Acaso no me has disfrutado? No me dejes aquí, así sin más, sin cariño, sin calor, abandonado y solo. Si lo haces voy a consumirme bajo el polvo, a desintegrarme con el paso del tiempo, ¿y no es mejor perderse y desgastarse entre tus cálidas manos amantes? Algo en mi corazón de tinta se estremece al verla partir. Me deja… Quizá vuelva por mí, quizá no lo haga, pero yo seguiré aquí, en esta estantería de madera, oprimido por los congéneres que se hallan en mis mismas circunstancias. Olvidados, desechados, muertos. Porque todos, inevitablemente, nacemos para morir. O para encontrar un fin. ¿No es así? No importa cuánto nos esforcemos por cambiar nuestro destino pues, al fin y al cabo, somos pasajeros que, llegados a la última página, se convierten en cadáveres de cubierta, hojas y papel. ¿Alguien volverá a abrirme algún día para sacarme del abismo de la soledad?

The end

C’est fini

Se acabó la lectura.

sábado, 7 de mayo de 2011

Silencio.

¿Para qué hablar? No había palabras. Se habían comido su lengua.