Estaba acostumbrada a escucharlo cada día, a tenerlo a mi lado, a tocarlo y sentirlo mío. Era, por decirlo de alguna forma, una extensión de mi cuerpo y de mis manos. Me sentía tranquila a su lado, acariciándolo, sonriendo y entonando brillantes melodías cargadas de maravillosas sorpresas. Cada vez que lo rozaba emitía sonidos placenteros que me obligaban, literalmente, a sentirme satisfecha. Era feliz, muy feliz, porque todo iba bien. Ambos estábamos bien y los resultados visibles eran perfectos. Formábamos el equipo ideal y la pasión no se acababa jamás.
Y entonces, lo perdí. Fue un día cualquiera, como hoy, cuando se escapó de entre mis manos. La ventana estaba cerca, y el niño de apenas cinco años disfrutaba jugueteando con los sonidos que surgían. Y entonces, todo fue rápido. Vio a una niña en el edificio de enfrente, quiso enseñarle su preciado tesoro y éste se escabulló libre desde el quinto piso con afán de volar.
Murió. Mi violín, murió. Y mi corazón se rompió con él cuando impactó bruscamente contra el suelo, quedando inservible y destrozado. Supe entonces que mi mejor amigo, aquél que desde la adolescencia me había acompañado tiernamente, había desaparecido.
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