martes, 13 de julio de 2010

Amelia.



Lo último que escuchó Amelia fue cómo él reía complacido ante sus palabras y se levantaba, mirándola por encima del hombro con, quizá, algo semejante a la compasión. Pero no podría confirmarlo. Claro que no.

Odió cada uno de sus gestos mientras lo observaba desde el lugar en que reposaba. Detestaba, sobre todo, su cara de niño bueno, las falsas primeras sonrisas y la elegancia de su porte. Y era sólo uno de ellos, un detestable hombre de treinta y ocho años que, al principio, la hacía sentir segura. Pero ya no.

Quiso escupir, pero no tuvo ni el valor ni la fuerza que hubiera requerido para enfrentarse a otra de sus irónicas carcajadas finales… y prefería evitar el dolor físico que en esos momentos le recordaba el mal rato transcurrido.

Las lágrimas se escaparon de sus ojos en cuanto él hubo atravesado y cerrado la puerta a sus espaldas. Ella se aferró a la almohada y, colocándose en posición fetal sobre la cama, gimió angustiada suplicándole a Dios que la ayudara a ser fuerte en aquel desgraciado mundo de necesidad.

Siempre había sabido que aquello no estaba bien. Ahora se sentía sucia, vacía y asqueada al darse cuenta de que, pese al dolor, lo había disfrutado. Había traicionando con su subconsciente las creencias que se le habían impuesto desde niña. Se sentía culpable.

Unos cuantos billetes descansaban sobre las sábanas de seda roja. El color, pensó ella por un momento en medio de la nebulosa de autocompasión, era idóneo para hacer que la sangre fuese imperceptible. Se burló de sí misma y de su estúpida inocencia por dejarse llevar con tanta facilidad por palabras hermosas y falsas promesas. No existía el amor, no en aquel mundo.

Y ella sólo era un juguete más de la colección.

Se había convertido en una puta, y esto sólo había sido el principio.

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