miércoles, 23 de junio de 2010

Todo era perfecto.

Estaba acostumbrada a escucharlo cada día, a tenerlo a mi lado, a tocarlo y sentirlo mío. Era, por decirlo de alguna forma, una extensión de mi cuerpo y de mis manos. Me sentía tranquila a su lado, acariciándolo, sonriendo y entonando brillantes melodías cargadas de maravillosas sorpresas. Cada vez que lo rozaba emitía sonidos placenteros que me obligaban, literalmente, a sentirme satisfecha. Era feliz, muy feliz, porque todo iba bien. Ambos estábamos bien y los resultados visibles eran perfectos. Formábamos el equipo ideal y la pasión no se acababa jamás.

Y entonces, lo perdí. Fue un día cualquiera, como hoy, cuando se escapó de entre mis manos. La ventana estaba cerca, y el niño de apenas cinco años disfrutaba jugueteando con los sonidos que surgían. Y entonces, todo fue rápido. Vio a una niña en el edificio de enfrente, quiso enseñarle su preciado tesoro y éste se escabulló libre desde el quinto piso con afán de volar.

Murió. Mi violín, murió. Y mi corazón se rompió con él cuando impactó bruscamente contra el suelo, quedando inservible y destrozado. Supe entonces que mi mejor amigo, aquél que desde la adolescencia me había acompañado tiernamente, había desaparecido.

jueves, 10 de junio de 2010

Perdemos.

Podría decirte, como en tantas ocasiones, que los relatos vacíos no nos cuentan nada; que una lágrima llorada se pierde para siempre; que una sonrisa se desvanece antes o después. Pero todo eso, por supuesto, ya lo sabes. Lo aceptas.

Y volvemos entonces al principio, donde el maravilloso imperio se desmoronará piedra a piedra cayendo en las aguas de un turbio río hasta desaparecer. Tal vez en un futuro lejano consigan encontrar algo de esto que perdemos, o quizá no. Sólo sé que yo, tú, él, todos perdimos algo difícil de recuperar.

No sé cuándo, ni cómo ni por qué, pero eso que siempre estuvo ahí se desvanece. A cada segundo —uno, dos, tres...— la oscuridad nos engulle y hace que nos confiramos a un mundo alterno a la realidad donde todo son figuras de colores.

¿Me he vuelto ya loco, o sólo es mi imaginación?

Ah, sí, lo que decía. Tú, él, yo. Nosotros. Todos dejamos escapar el águila que se escondía en nuestro interior. Y voló libre, como el pájaro que es. Nadie la encerró en una jaula, ni la ató con cadenas, ni le arrancó las plumas, ni le rompió las alas. Simplemente la dejaron volar.

El huracán de la tarde chocó contra ella y la hizo caer a tierra.

Entonces, vuelta a empezar. Se construyó un nuevo imperio. Cayeron sus murallas.

Volvemos al principio. Un principio que también tendrá —o es— final. Todo lo que empieza tiene que acabar, y lo que concluye... lo perdimos.

Me di cuenta entonces de que tú, yo, él, nosotros, perdimos algo importante. Algo que empezó, pero que también terminó; que volverá a comenzar para volver a concluir.

No me cuentes relatos vacíos, porque no tienen sentido. No llores, porque no debemos sentirlo. No rías, porque la sonrisa se disipará.

Vacío.

¿Dónde fue? ¿Voló libre?