jueves, 8 de diciembre de 2011

Imagen mental.

Imaginarios. Estaba cansada de todos esos amigos “inventados” que él tenía. Eran como juguetes que estaban y no estaban, y sí y no, y la volvían loca porque ella no los veía y quería verlos. Pero entonces todo cambiaba y ya no eran sueños de una mente ajena a la suya, no: era él, de carne y hueso, jugando a dibujar la imagen de Dios aun cuando no sabía cómo era. No le gustaba el viejito de barba blanca vestido con toga celestial, no; prefería una noche gélida y cálida, caribeña y polar, y un hombre del color del arco iris jugando a dar vida con hielo y arena; y ella se preguntaba cómo diablos conseguía plasmar al Creador en ambos mundos a la vez.

Todo era cuestión del imaginario. Ella no lo entendía: no inventaba amigos y no pintaba; no era Dios y no creaba al Golem ―y al no tan Golem―.

Y entonces zas. ¡Sorpresa! Porque el imaginario ya no era imaginario, sino imaginaria, y él se quedaba despierto hasta la mañana siguiente sin soñar, sin pensar, sin dibujar, sin nada, mirando sin mirar el cielo oscuro porque le tocaba vigilar. Y silencio, y calla, y no digas nada, y mira que se quieren escapar, y agarra, y no duermas, y despierta, ¡y shhhhh!

Entonces ella cierra el grifo, se calla y abandona el diccionario. Demasiado para una juventud tan poco prolífera.

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