sábado, 4 de junio de 2011

El final de un todo.

Todos, inevitablemente, nacemos para morir. Y todos hallaremos la muerte en algún rincón oscuro o luminoso, frívolo o cálido, mohoso o reluciente. Todos. Y tú, por supuesto, también.

Cada vez que sus manos me acarician con sutileza siento que voy a derretirme, pero jamás con ese suntuoso placer de las relaciones sexuales conclusas exitosamente. Lo que yo siento es muy distinto. A pesar de tener la boca abierta, no puedo gritar dignamente; la garganta, seca y dolorida, carece de fuerza para chillar y, no conforme, ahoga los sonidos guturales que pugnan por salir en lugar de los aullidos inaudibles. Mi cuerpo, estático entre sus manos, ni siquiera se retuerce. Un muñeco, eso es. Muchos me designarían con esa denominación superficial porque, quiera o no, no me muevo, no hablo, no grito. Me quedo allí quieto, quieto como un mueble inanimado, como un volcán en llamas que no escupe, como un niño bueno que obedece a sus padres. Me quedo quieto porque no puedo moverme aunque lo quiero. Me quedo quieto porque tengo miedo. Tal vez me empapo mientras lloro, o tal vez son sus propias lágrimas las que me bañan porque no tienen otro lugar en que caer. Siento pavor, un pánico tan intenso que me carcome el alma presa, pero nada puedo hacer por evitarlo. Ella continuará acariciando cada uno de los confines de mi cuerpo endeble, sumiso, porque tiene no sólo el derecho, sino también el poder. Y yo, mientras ella disfruta de mí a su antojo, gimo mudas quejas entre sus manos.

Pero la muerte no es algo de lo que debas temer. Entiéndelo como un fin necesario. Todo lo que empieza tiene que acabar, y la vida no es una excepción. Siéntete orgulloso de haber vivido. “Morir” es simplemente una palabra vertiginosa tachada por los prejuicios humanos; el “fin” es algo mucho más tangible y sin histerismos, sin el vértigo temerario de la muerte, que señala el instante de la vida en que has llegado a tu momento más álgido.

Una a una ella pasa sin inmutarse las páginas de mis sentimientos y, poco a poco, lentamente, me lleva por los derroteros de un angosto desenlace. Sus ojos brillan pasionales bañados por las llamas de la lujuria y del deseo de alcanzar el glorioso final, mientras yo muero entre sus manos, apoyado en sus piernas, sobre el cuerpo cálido de la mujer que me posee. Pero nadie me escucha… ¡yo no quiero esto! Cuanto más nos aproximamos al final, más grande se vuelve mi agonía. Lloro silenciosamente, grito sin hacerme escuchar, me retuerzo sin moverme. Sé que ella lo sabe, sé que ella es consciente de que, si continúa, me llevará a la muerte, al olvido, a la nada. Me llevará al fin que tanto temo y el que tantas veces he querido evitar sin resultados favorables.

Grandes frases se han dicho desde siempre. The end. C’est fini. Se acabó. No hagamos de ellas algo malévolo. Pueden terminarse agonías, historias, miedos… No sólo se acaba la vida.

Es inevitable que ella cambie de opinión y, por tanto, sigue hasta que alcanza su objetivo caricia tras caricia, sonrisa tras sonrisa, palabra tras palabra… Entonces hemos llegado al punto que yo tanto temía. Ella me cierra y desliza sutilmente los dedos sobre mi cubierta. Yo, incluso queriendo gritar, patalear, retorcerme, sigo sin poder ejecutar movimiento alguno o hacer escuchar mi voz. La mujer me deposita en la estantería y se olvida de mí. ¡Ingrata, insolente! ¿Acaso no me has disfrutado? No me dejes aquí, así sin más, sin cariño, sin calor, abandonado y solo. Si lo haces voy a consumirme bajo el polvo, a desintegrarme con el paso del tiempo, ¿y no es mejor perderse y desgastarse entre tus cálidas manos amantes? Algo en mi corazón de tinta se estremece al verla partir. Me deja… Quizá vuelva por mí, quizá no lo haga, pero yo seguiré aquí, en esta estantería de madera, oprimido por los congéneres que se hallan en mis mismas circunstancias. Olvidados, desechados, muertos. Porque todos, inevitablemente, nacemos para morir. O para encontrar un fin. ¿No es así? No importa cuánto nos esforcemos por cambiar nuestro destino pues, al fin y al cabo, somos pasajeros que, llegados a la última página, se convierten en cadáveres de cubierta, hojas y papel. ¿Alguien volverá a abrirme algún día para sacarme del abismo de la soledad?

The end

C’est fini

Se acabó la lectura.

3 comentarios:

  1. Gran verdade. De feito, a palabra grega antiga "teleuté", que significa "fin entendido como perfección", foi a que, nunha fase posterior da evolución do grego antigo, adquiriu o significado de "morte", co que creo que se pode entender como unha concepción positiva da mesma. O mesmo atopamos na cultura india. Pola contra, na cultura europea, ao meu modo de ver, a morte tén dende hai moito tempo unha connotación negativa da que non é fácil desprenderse, pero que creo que sería unha das chaves para unha vida máis plena e tranquila. Excelente entrada.

    ResponderEliminar
  2. Xustamente buscaba reflectir iso, a dobre concepción dun final entendido das dúas maneiras: positivamente, como algo necesario que non hai que temer, e o conflito interno dun ser (neste caso, o libro) que ve próximo o remate de si mesmo e non quere aceptalo porque o teme, porque o ve como algo malo.

    Graciñas polo comentario e pola impecable mostra de coñecementos ;)

    ResponderEliminar
  3. Pois dou fe de que o conseguiches. Non hai de que, xa sabes como somos os filólogos, ;). Pero bueno, é certo que un libro ten remate, pero tamén se lle pode dar un novo principio, como cunha relectura, por exemplo.

    ResponderEliminar