lunes, 7 de septiembre de 2009

Un año después.

La helada brisa hacía que su vestido rojo ondeara molestamente. El cabello negro le rozaba las mejillas y se paseaba con elegancia por delante de sus largas y oscuras pestañas. Con lentitud, se apartó el pelo de la cara y abrió sus profundos ojos azules.

Ante ella se encontraba su pequeña y querida ciudad... completamente destrozada. Mirara donde mirara todo era destrucción. Algunos fuegos todavía estaban sin apagar, los trozos de cristal inundaban el asfalto y las casas eran prácticamente inhabitables. Además, parecía no haber nadie. Ni una única persona, viva o muerta, se hallaba en aquel lamentable lugar. Así se sentía ella, totalmente destruida.

Un ruido a su espalda la distrajo y se giró bruscamente. En el rincón opuesto de la azotea donde se encontraba, una joven ataviada con un vestido negro se encontraba de espaldas a ella. Parecía tener intenciones de precipitarse al vacío mientras su largo cabello negro se mecía con el viento.

–¡Espera! –gritó, y corrió en su dirección.

A tan sólo unos pasos de distancia, pudo comprobar cómo la joven se daba lentamente la vuelta. La imagen que presenció la hizo detenerse, dar un paso atrás y quedarse pálida y sudorosa. Era su hermana gemela, que había muerto meses atrás atropellada por un conductor ebrio. Los mismos ojos azules, las mismas pestañas oscuras... y su rostro pálido, como lo había visto el día en que murió.

–Ven, Anabel –murmuró la joven de vestido negro tendiéndole una mano.

La aludida no sabía qué hacer. Tenía miedo, mucho miedo, pues encontrarse de repente con su hermana fallecida era algo para lo que no estaba preparada; pero por otro lado, estaba feliz de poder verla otra vez.

Optó por coger la mano que su gemela le estaba tendiendo y se subió al borde de la azotea junto con su hermana.

–Isabel, ¿cómo has vuelto a la vida?

Ella la observó sin expresión alguna, sujetando todavía su mano.

–Yo no dije que hubiese vuelto a vivir –murmuró bajando la mirada–. He venido desde el reino de los muertos para llevarte conmigo.

–¿Qué?

No tuvo tiempo de reaccionar. Isabel soltó una amarga carcajada de ultratumba y la empujó bruscamente. Anabel se sintió caer. Notaba el viento rozar su cuerpo a toda velocidad y, con los ojos empañados por las lágrimas, veía cómo su hermana se alejaba más y más de ella. Alargó una mano en su dirección, pero lo único que podía hacer era caer. Su gemela no iba a ayudarla esta vez, como cuando eran niñas y jugaban en el parque; ahora había venido para llevársela al infierno.

Se escuchó un ruido sordo cuando Anabel chocó contra el suelo... y luego silencio.

La joven despertó en su cálida cama, llorando amargamente. Un año después de la defunción de su hermana todavía la veía en sus sueños y pesadillas, deseando haber muerto en su lugar.

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