Ha cantado el gallo como cada día al amanecer y sólo yo lo he escuchado.
La vieja granja está en total silencio, ¿o más bien no? Resuena el cacarear de las gallinas sueltas en el jardín tras huir del patético corral de putrefacta madera. Ni un alma, ni siquiera un niño pequeño corretea por los pasillos haciendo travesuras o por el campo en busca de flores.
En el salón, junto a la chimenea cuyo fuego asesinó el frío de la noche entrado por las ventanas abiertas, yace mi madre recostada sobre el sofá de terciopelo blanco teñido de rojo. Ella no responde a mis llamadas ni escuchó el canto del gallo esta mañana. Posiblemente no vuelva a escucharlo jamás. Tendría que haberme hecho caso cuando le dije que escuchara el hermoso canto del animal, como deberían haberlo hecho todos los demás.
Fuera, el gallo vuelve a cantar. ¿Será el hambre la causante de sus injuriosos cacareos?
Las gallinas se apartan presurosas de mi camino y hallo al gallo en el corral, exhibiendo sus majestuosas plumas rojizas ante sus discípulas. Uno, dos, tres pasos, y lo levanto sujetándolo por la cresta.
La afilada hoja del cuchillo se pasea ante los ojos nerviosos del gallo, que patalea y aletea sin cesar. Luego resbala cortante por su cuello y la sangre se mezcla con aquella que ya manchaba mi ropa.
El gallo no cantará mañana.
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