A veces sentía que el mundo me pisoteaba incesantemente. Pero yo, estúpida idiota, volvía a levantarme una vez más, extendía mis alas y echaba a volar. Tenía la imperiosa necesidad de sentirme libre y sin ataduras, sin cuerdas que magullaran mis muñecas, sin cadenas invisibles que me mantuvieran sujeta a algo que no ansiaba soportar... Quería vivir por mi cuenta y morir presa de mi existencia.
Y una y otra vez me levantaba cuando los demás me derrumbaban con afiladas piedras que herían mis alas. No mentiré, ¿para qué?, dolía el sentimiento de infernal rechazo que presentaban con sus desalmados actos. ¿Dónde quedaban el amor, la amistad y la compasión? Posiblemente se habían perdido con la falsedad que hoy en día vibra en cada latido del corazón humano. Sin embargo, tanto da si se lo dices o no, porque el resultado será siempre el mismo: las mentiras desembocan en dolor, el dolor en rechazo, y el rechazo en venganza. Llegados a este punto, ¿qué nos queda? Autodestrucción. O, en el peor de los casos, que ésta venga acompañada del detrimento del mundo entero.
Cuando tu corazón no pueda más y rompa, deja que tus amigos lo arreglemos enhebrando fibra a fibra.
ResponderEliminarLa libertad siempre es ficticia, la amistad a veces es imperecedera.