La primera bala le atravesó el pecho muy cerca del corazón, y la segunda le dio en el estómago. La joven gimió de dolor y se llevó las manos a las zonas heridas, viéndolas luego llenas de sangre. La vista se le nubló ligeramente y se desplomó sobre la mullida alfombra del salón.
Allí tirada y con la ropa manchada de sangre, le suplicó con la mirada a su agresor que la ayudase. Mas él se limitó a observarla, arrodillándose a su lado y besando su mano con delicadeza. En sus ojos ella pudo ver el reflejo de la locura.
-No debiste hacerlo, Lorena –murmuró él mientras le acariciaba la muñeca con los dedos–. Nunca debiste engañarme con Daniel.
-Juan –tartamudeó la joven dolorosamente–. Estás loco.
-¿Loco? –Se rió de sus palabras y la sujetó con rudeza por el cuello–. Estoy loco por ti, por eso no permitiré que vuelvas a serme infiel. Eres mía, sólo mía. Nadie más te va a tener en sus brazos. Morirás, y luego moriré yo. Nos reuniremos en el más allá.
Ella gimió de dolor y luego dejó de respirar. Su mano cayó contra el suelo y allí se mantuvo, sin que la joven volviera a hacer ningún tipo de movimiento. Juan sonrió con satisfecha locura: estaba muerta.
-Y ahora, amada mía –dijo, apoyando la boquilla del revólver contra su sien–, me reuniré contigo. ¿Te quejabas de la soledad en la que te abandonaba cada día y de la poca atención que te prestaba? ¿De la monotonía en la que te veías encerrada? Ahora, estaremos siempre juntos.
Después de sus palabras sólo se escuchó el choque de un cuerpo contra el suelo. El mudo disparo había cumplido con su cometido: terminar con la vida de aquel hombre.
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